¡Él terminará lo que empezó!

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Dios dijo y se hizo. Leamos:

Porque él dijo, y fue hecho;
El mandó, y existió.

(Salmos 33:9)

Él creó y puso en orden su obra. Dios preparó todo y cada parte de su creación tiene un plan. Contigo y conmigo, hará Dios grandes cosas y lo que un día empezó en nosotros lo seguirá puliendo hasta que alcancemos la perfección, en el día del Señor. No una perfección humana como la que conocen nuestros ojos o imagina nuestra mente. Es una perfección espiritual que será posible por fe y sólo a través de nuestro salvador, Jesucristo nuestro Señor.

Es necesario ser conscientes de que esta hermosa promesa sólo es posible si nos sujetamos a la voluntad, favor y gracia de Dios. Él es bueno y respetuoso y trabaja con quienes le entregan su corazón. ¿Dónde está tu corazón hoy? ¿Lo has puesto en manos de Dios? Si te das cuenta que en tu corazón, hoy, no está Dios porque has puesto en su lugar otro dios, pídele perdón y reconoce delante suyo tu transgresión. Él no se enfadará, antes te mirará con misericordia y seguirá trabajando en ti. ¡Pero no te apartes! Deja que siga puliéndote, un día verás el resultado de su obra.

Pulir un diamante por ejemplo requiere de un gran trabajo y esfuerzo. Se talla y se va puliendo con delicadeza hasta obtener la pieza perfecta que tendrá valor por su brillo y transparencia. Los ángulos de un diamante deben estar pulidos a la perfección para obtener de la piedra su máximo brillo y esplendor. Un trabajo similar y delicado hace el Señor con cada uno de nosotros. A lo largo de nuestra vida, él nos pule y limpia. Nos perfecciona con cada vivencia y experiencia. Nos hace mejores con el propósito de llegar a la perfección para el gran día del Señor.

Nuestro padre quiere que brillemos y reflejemos el destello de su obra en nuestro corazón, pero recordemos que no somos brillantes por nuestro propio esfuerzo, somos brillantes por su gracia y amor, por su misericordia. Pero podemos elegir brillar o no, eso depende unicamente de nosotros. Está en cada uno de nosotros, en ti y en mí, someternos y sujetarnos a la obra de Dios en nuestra vidas o impedir que él siga trabajando y puliendo nuestro carácter y espíritu.

Por eso hoy, la invitación del Señor es a recordar que el trabajo que él empezó en nosotros es largo y aún no ha terminado. Nos pide prudencia y quietud para dejarle trabajar en la talla de nuestro espíritu y corazón. Su paciencia nos ha alcanzado y es maravilloso saber que Dios, trabaja en nosotros y lo seguirá haciendo hasta el día de la promesa; ese día todos brillaremos y reflejaremos el esplendor de su eterno amor.

Deja trabajar a Dios en tu interior y gózate por la obra que él sigue haciendo en ti.

Guarda silencio y espera en Dios, él está formando la mejor versión de ti.

Trabajando y sirviendo al mejor de lo jefes,

Laura Sánchez.

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¿Y si respetamos para que nos respeten? ¡Ellos lo ven y aprenden!

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Esta frase es ley de vida. Dónde empieza tu respeto empieza el mío. ¿Y si en vez de hacernos daño y maltratarnos física, verbal y psicológicamente nos hacemos el bien mutuamente conviviendo en respeto, armonía , amor y tolerancia?

Cada vez crecen las alarmas en colegios y comunidades por el alto indice de maltrato y acoso entre niños. Si ese es el panorama de nuestra sociedad actual a temprana edad, ¿qué nos espera en unos años?, ¿cómo serán los adultos de las próximas generaciones?

Está claro que un niño es el reflejo de lo que ve y aprende. Pero esto no es una regla de tres. Conozco niños criados en un ambiente cristiano que desobedecen a sus padres y agotan mental y físicamente a sus padres. Niños que a pesar de recibir valores y enseñanza cristiana, basada en el respeto, amor y misericordia, cuando no tienen un control permanente en casa ni una constancia en los caminos del Señor, pueden verse influenciados por sus amigos y/o compañeros de clase. Todos hemos sido niños y sabemos como influyen las malas compañías. ¿Sabe un niño distinguir las malas compañías? Quizás pueda hacerlo dependiendo de la edad y madurez, pero es responsabilidad de los padres velar por el desarrollo, crecimiento y comportamiento de los niños.

Aún no soy madre, ya lo he dicho en anteriores post, pero soy tía y tengo un hermoso sobrino de 5 años. Un niño precioso a quien es necesario corregir de vez en cuando, con cierta frecuencia porque aunque en casa vea y aprenda valores, en la escuela corre el riesgo diariamente de copiar y aprender el comportamiento de otros niños a los que su padres no trasmiten valores cristianos. Lo mismo ocurre con la televisión y su entorno.

El post y la postal de hoy están hechas con profunda tristeza como un llamado a decir ¡basta!

Basta al maltrato y al daño que se hacen unos a otros, con palabras y miradas.

Basta al señalamiento, juicio y rechazo por nuestro color de piel, tamaño, estatura, complexión física y forma de pensar.

Basta al desprecio y burla por ser diferentes.

Basta de ironías y criticas dañinas que excluyen y apartan.

Hoy, alrededor del mundo, muy cerca de ti y de mí, en el trabajo, en la comunidad de vecinos, en el colegio de tus hijos, en la iglesia, hay personas sufriendo, niños maltratados y sometidos que lo están pasando mal, en silencio y no saben que hacer. Niños que no desarrollan sus capacidades y se cohiben permanentemente por temor a las burlas y rechazo de los demás. Otros que sufren ataques físicos, acorralamientos e insultos. ¿Somos conscientes de esto?

Hace dos días, leía una noticia que conmovió mi corazón, la comparto, porque ellos, los padres de este niño, están sufriendo y se sienten impotentes porque no pudieron hacer nada a tiempo para salvar y proteger a su hijo del maltrato que sufría al parecer en el colegio.

(En este enlace puedes leer la noticia)

http://www.elmundo.es/madrid/2016/01/20/569ea93246163fd12b8b4626.html

¿Le preguntas a tus hijos cada día cómo se siente en el colegio? ¿Cuál es la relación con sus compañeros? ¿Conoces a los amigos de tus hijos? ¿Te involucras e incentivas la confianza en la relación con tus hijos?, ¿hasta qué punto? Estos padres parece que lo hacían pero no fue suficiente. Por eso es mejor aferrarnos a la bondad de nuestro Padre y poner en sus manos la vida de nuestros niños. Lo grave es que no sabemos si ellos pueden ser las víctimas o los verdugos. Sabemos como son en casa pero no fuera de ella, por eso es importante vigilar y estar atentos.

Oremos por ellos, por su desarrollo y crecimiento, por su protección, por su carácter, para que el Espíritu Santo de Dios les guíe y bendiga, para que vaya con ellos a todo lugar, para que los defienda y argumente en sus labios cada palabra en su contra. Para que los inunde de su amor, respeto y dulzura. Que no haya en sus corazones venganza y resentimiento. Que vivan una niñez sana y pura.

Que nuestros niños, lo de ahora y los que vendrán, tengan en nosotros, un ejemplo idóneo a imitar. Que podamos trasmitirles el carácter de Cristo y ellos puedan reflejarlo a los demás. Que Dios guarde sus ojos del mal y de la violencia. Que sus oídos no presten atención a las mentiras y ataques del enemigo que intenta minar sus mentes con engaños. Que nuestros niños sean guerreros espirituales y sepan defender con respeto su fe.

Que nuestros niños sean buenas influencias en la vida de los demás y reflejos de su familia. Que crezcan siendo valientes y firmes. Que obedezcan y sigan la verdad, porque serán grandes hombres y mujeres el día de mañana.

¡No dejemos de orar nunca por ellos!

Enseñémosle con nuestro ejemplo a respetar a los demás, a mirar con amor misericordia y paciencia al resto de los hombres.

Y para terminar, retomo un dicho que repite mucho por aquí (España):

“Cada uno trae lo mejor de su casa”

¡Que en nuestros niños se note que habita el amor de Cristo porque es lo que han aprendido de nosotros!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Sin niguna vergüenza del Evangelio que da salvación y vida eterna!

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Lo que avergüenza suele ser algo de lo que no nos sentimos cómodos y no queremos que se note. Nos avergonzamos de nuestros defectos e intentamos disimularlos para que pasen desapercibidos y no sean visibles. Nos avergüenza cantar, hablar en público, exponer, nos avergüenza caminar delante de un determinado público y evitamos ponernos de pie en un lugar donde hay muchas personas. No sé a ti que te avergüenza pero yo he comentado algunas situaciones que a algunas personas nos hacen sonrojar y subir los colores al rostro de vez en cuando.

Pero aunque la vergüenza es algo natural que sentimos todos los seres humanos del planeta tierra y que sólo algunos aprenden a controlar. Hay un aspecto de nuestra vida que no nos avergüenza y que exponemos con vehemencia por todas partes y suele ser lo que hace referencia a nuestros gustos. No nos da vergüenza vestir ropa de moda y modelar las últimas tendencias. No nos da vergüenza reconocer públicamente la música que nos gusta o nuestra película preferida. No nos avergonzamos de decir abiertamente cual es nuestra postura política y nuestro escritor predilecto. Pero hay algo de lo que alguna vez nos hemos avergonzado y no debería ser así. Quizás nunca lo ha hayas sentido ni hayas tenido la tentación de sentir vergüenza pero habemos muchos que alguna vez hemos intentado pasar desapercibidos y guardar silencio para que nuestra fe no sea descubierta. Sé de que se trata esto porque lo he vivido en primera persona. Amo a Dios, creo en Cristo y sé que él me dio salvación y vida eterna, pero alguna vez, cuando empecé a caminar de su mano, fui discreta y guardé silencio para evitar la crítica y el señalamiento, intenté que mi convicción espiritual pasara desapercibida pero un día, el Señor me mostró esta palabra que cambió radicalmente las cosas:

Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. (Mateo 10:33)

Yo no negaba a Cristo pero disimular mi fe era una forma de hacerlo.

Entonces reflexioné y medité en mi relación con el Señor y mi forma de vivir el cristianismo y entonces fue cuando decidí dar un paso más y le di a Jesús el lugar que le corresponde, el sitio que merece en mi vida, el primer lugar. Nunca más oculté el amor que por él siento y la gratitud que hay en mi corazón por su fidelidad y bondad para conmigo. No volví a disimular ni fe y deseo de servir al Señor. En mis primeros pasos caminando con Jesús tuve que enfrentarme a mi familia “católica apostólica romana” que no entendía porque “prefería” ir a un culto y no a misa. Tuve que debatir mi bautismo porque no comprendían que me bautizase nuevamente si ya había sido bautizada con seis meses de nacida. Tardaron años en entender el significado del diezmo y la relación que tiene con el “cepillo” o la “limosna” en la Iglesia católica.

No fue fácil pero aquí estoy hoy, 15 años después más firme y convencida de lo que soy y en lo que creo. Mi familia aceptó y entendió el llamado y aunque algunos todavía se niegan a venir a los pies de Cristo, yo sigo orando por ellos porque sé que la semilla está sembrada y algún día dará su fruto.

Lo mejor de todo es que hoy puedo reconocer que no me avergüenzo del evangelio que me dio salvación y vida eterna y comparto y difundo el mensaje que me dio libertad y restauró mi vida para que otros vengan a los brazos del Señor y conozcan el amor y perdón que transforma y sana para siempre.

¿Sientes vergüenza?¿La has sentido? Libérate y expresa abiertamente tu fe. Lo que Dios te da no puede dártelo nadie, ni el mejor de los amigos, ni el mejor compañero de trabajo; tampoco la fidelidad y amor sincero e incondicional de Dios.

No guardes silencio ni te mimetices con el mundo para complacer a los demás. Sé libre y proclama el poder del evangelio que te dio vida.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¿Y si escuchamos más, hablamos poco y nos enfadamos menos?

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Ya lo dice el Señor, que seamos prontos (rápidos, dispuestos) en escuchar, atender, oír y un poco más lentos, pausados y prudentes para hablar y para enfadarnos.

¿Pero somos así? La verdad es que si el Señor nos lo advierte en su palabra, es porque nos conoce a la perfección y sabe que nos cuesta mucho escuchar y atender. Nos cuesta prestar atención y oír de verdad. Oír no es igual a escuchar. Se oyen muchas cosas pero se escuchan pocas. Escuchar requiere una disposición absoluta de nuestros oídos y entendimiento. Oír en cambio no, es suficiente que el oído capte algo sin entenderlo ni reflexionar en ello.

¿Y de qué va lo de hablar? ¿Por qué Dios dice que seamos lentos para hablar? Él quiere que meditemos nuestras palabras, quiere que reflexionemos y antes de abrir la boca sepamos lo que vamos a decir. Somos muy efusivos e impulsivos y ante esto el Señor nos anima a ir un poco despacio para evitar problemas. Yo soy la primera en hablar hasta por los codos, eso dicen las personas que me conocen y no sabéis de que manera trabaja el Señor conmigo esta área de mi vida cada día. Soy una persona muy gestual y expresiva y me encanta hablar, pueden pasar las horas y yo no paro de hablar….pero a veces es más sabio guardar silencio y no sabéis de qué manera trabaja el Señor conmigo para pulir esta parte en mí. Él que mucho habla quiere ser escuchado, pero también debe escuchar y disponer su atención para entender a los demás.

¿Y lo del enfado? Esta tercera observación es quizá la más importante, porque si se controlan las dos primeras esto es lo que puede llegar a evitarse. El enojo o enfado llega a nosotros cuando no escuchamos y respondemos con rapidez sin pensar soltando lo primero que se nos ocurre, muchas veces haciendo daño a los seres que más amamos con palabras dañinas e hirientes y con actitudes frías y distantes.

Dios nos dio un corazón nuevo y nos dio su Espíritu. Nos dio poder, amor y dominio propio. Él quiere que tengamos vidas alegres en las que las relaciones con los demás sean fruto del respeto, el amor y la amistad. Dios quiere que nos escuchemos mutuamente y nos entendamos. Él quiere que respetemos a quién habla y que todos hablemos pero sin llegar a agredirnos ni hacernos daño. La Biblia dice: “Airaos pero no pequéis” Es decir, que Dios entiende que hay cosas que nos pueden hacer enfadar, es más, él también se enfada con las injusticias y la desobediencia de los hombres; pero nos advierte que el enfado no sea una excusa para pecar.

Entonces: Escuchemos más, hablemos poco y enfademonos menos. ¡Nuestra vida será mejor!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.