¡Él ocupó nuestro lugar!

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Jesucristo padeció por ti y por mí. Jesucristo sufrió el escarnio público y las acusaciones más injustas sin tener ninguna culpa porque su amor le llevó a ocupar el lugar que no le correspondía, el nuestro.

Tú y yo debíamos ser los acusados y culpables, no él. Él no merecía los insultos, maltratos y vejaciones por haber sido intachable y bueno. Él no merecía ser burlado y golpeado. No merecía ser escupido y humillado siendo inocente y justo. Ningún mal encontró Pilato en él para condenarle sin embargo el pueblo exigió y pidió su crucifixión.

Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. (Lucas 23:4)

Si, aunque parezca increíble, fuimos “nosotros”. Los hombres, representados por el pueblo los que pedimos crucificar a nuestro salvador. Pero tenía que ser así para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dice así:

“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.” (Isaías 9:2)

Entonces Jesucristo marcó la historia de la humanidad y la vida de los hombres fue diferente después de Cristo. Hubo para el mundo una segunda oportunidad en la sangre del hijo de Dios y desaparecieron las tinieblas y la oscuridad. Ahora había luz y restauración para los hombres que crean en él.

Ahora que sabes que un hombre sin igual ocupó tu lugar y te libró de pagar el precio de la culpa, ¿tienes dudas del amor con qué te ha amado el Señor? No hay excusas para dudar de la misericordia que ha tenido Dios con los hombres. Tú y yo hemos sido librados, perdonados, sanados y justificados por Jesús delante del gran juez, Jehová de los ejércitos. Por su amor y gracia ya no somos contados como pecadores o impuros. Por su sangre fuimos lavados, perdonados y considerados justos. Pero ¿es posible? Si, porque así lo quiso Dios.

Porque también Cristo padeció una vez por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.

(1 de Pedro 3:18)

Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. (Romanos5:9)

Celebremos que hemos sido justificados en la sangre de Jesús y demos gracias a Dios por su amor, perdón y reconciliación.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

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¡Aliméntate sanamente! Di no a la Desnutrición Espiritual

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Hacemos dietas constantemente y nos ponemos a estricto régimen cuando terminan las vacaciones o pasan las fechas decembrinas. Nos exigimos y sometemos nuestra voluntad a una serie de alimentos que nos ayudarán a sentir mejor y a recuperar nuestra salud y bienestar. ¿Hacemos lo mismo con nuestro espíritu? Resulta que para el alma también hay recomendaciones y cuidados especiales.

Nuestro espíritu necesita un alimento especial para estar bien y a veces, por estar enfocados en nuestro cuerpo y su aspecto; nos olvidamos de nuestro interior. Si estamos bien por fuera pero mal por dentro de nada sirve, aunque nos esforcemos en estar en el peso ideal pero tengamos descuidado y olvidado nuestro espiritu nunca será suficiente, seremos seres incompletos, con un cuerpo saludable pero un espiritu hambriento. Por eso, antes de caer en desnutrición espiritual apliquemos las recomendaciones que Dios nos da y empecemos a nutrirnos y a recuperar.

Cuando tenemos sed bebemos agua hasta satisfacer la necesidad de líquido

Cuando tenemos hambre comemos para saciar nuestra necesidad de alimento.

Cuando tenemos el corazón y el espíritu necesitados, ¿Qué comemos?

A veces elegimos mal y nos alimentamos de forma perjudicial y dañina. Así mismo cuando no tomamos el alimento que restaura nuestro interior nos estamos exponiendo al raquitismo espiritual, al deterioro de nuestro espíritu, pero siendo consciente de ello, no permitamos llegar a este estado y cuidemos nuestro interior. Tenemos el alimento para consumir diariamente y nutrir nuestro cuerpo lo mismo que tenemos el alimento para nutrir nuestro espíritu. ¡Empecemos a cuidar y alimentar sanamente nuestro interior!

Las recomendaciones ya fueron dadas, ahora nos toca aplicarlas. Tenemos para beber y comer:

“El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.“ (Mateo 4:4)

“El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás. Más bien, el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que fluya para vida eterna.” (Juan 4:4)

“Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” (Juan 6:36)

“Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo.”

(Juan 6:51)

“Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados.” (Lucas 6:21)

“Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.“ ( 2 Juan 4:34)

“La vida es más que la comida, y el cuerpo que el vestido.” (Lucas 12: 23)

“Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.”

(Juan 6:27)

“Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. (Juan 6:55)

“Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino,
Sin hallar ciudad en donde vivir.

Hambrientos y sedientos,
Su alma desfallecía en ellos.”

(Salmos 107:4-5)

 

Es el momento de alimentarnos sanamente. Si ya lo haces continua, no pierdas el hábito. Si habías cambiado tu alimentación ¡recupérala! Y si directamente te sientes desnutrido espiritualmente, ¡Come y bebe! Recupérate y alimenta tu espíritu para que crezcas y seas salvo. Aliméntate y comparte para que no haya desnutrición ni raquitismo espiritual en nuestro mundo.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Él te hizo heredero e hijo de Dios!

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Un reo o presidiario tiene a cuestas una condena que paga por su delito. Tú y yo estábamos sentenciados a pagar por nuestros delitos y pecados pero el mejor abogado que existe defendió nuestra causa, nos representó y consiguió para nosotros libertad total y la absolución completa de nuestros errores. No nos dieron casa por cárcel sino que recuperamos la libertad para siempre.

La condena que pesaba a nombre nuestro fue borrada y eliminada por el juez ante la defensa de nuestro abogado. Él se presentó, intercedió y asumió nuestra culpa para librarnos del castigo. ¿Somos conscientes de ello? Alguien ocupó nuestro lugar sin que le pidiésemos el favor ni pagásemos un céntimo. Él se entregó voluntariamente! ¿Nos entregaríamos nosotros para ser culpados por el error de otra persona? Un hombre humilde asumió nuestra culpa para ser condenado por ti y por mí a cambio de nada, sólo de nuestra libertad y del cumplimiento del propósito para el que había sido enviado. Jesucristo nació, creció y en su edad adulta se sometió a la voluntad de su padre, nuestro Dios, para que se cumpliese su obra de salvación para la humanidad.

Esta historia la hemos escuchado muchas veces, la hemos leído, la hemos visto en la televisión y en películas. La hemos recordado cada celebración de la santa cena y la memoramos en las alabanzas pero ¿alcanza nuestro corazón a entender la magnitud del amor de nuestro abogado y la misericordia del juez? Porque el juez podía no haber aceptado la auto-inculpación de nuestro abogado intercesor sino habernos sometido al pago de la condena que nos correspondía, pero no, su bondad e infinito amor le llevaron a apiadarse de nosotros y perdonarnos entregando a su único hijo para que hoy fuésemos libres!

Reflexionemos y entendamos:

Para que tú y yo tuviésemos paz en nuestro corazón, él se entregó,

Para que tú y yo fuésemos libres de pecado y justificados delante de Dios,

él ocupó nuestro lugar.

Para que tú y yo fuésemos galardonados con la herencia del Padre, él guardó silencio y permitió que le maltratasen, siendo inocente.

Para que tú y yo recibiéramos el perdón de Dios y fuésemos vistos sin ninguna mancha, él recibió el castigo que merecíamos y subió a la cruz muriendo por nosotros.

Para que tú y yo no estuviéramos ni nos sintiéramos solos, él resucitó para acompañarnos eternamente a través de su espíritu santo.

Y para que tú y yo fuésemos fuertes, él prometió no abandonarnos ningún día hasta que regresase por nosotros.

Por eso hoy nos gloriamos y celebramos con gozo la victoria del señor Jesús ante el pecado, la muerte y el diablo y recordamos su regreso con anhelo, esperanza y gratitud.

¡Que el gozo de la salvación se refleje en ti!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Merecedores de lo inmerecido …

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¿De qué manera se puede obtener lo que no se merece? ¿Quién puede darte todo sin pagar ningún precio ni firmar condiciones? Únicamente Jesucristo. Él renunció a sí mismo y se entregó para darnos vida, a ti y a mí. Hoy, tú y yo disfrutamos la libertad que el pagó con su muerte.

He escrito numerosas veces en relación al sacrificio de Jesús en la cruz y al amor eterno de Dios por la humanidad al entregar a su único hijo para la redención del mundo, pero no importa cuantas veces lea estas palabras en la Biblia, escriba al respecto o diseñe un mensaje sino consigo creer esta verdad. El secreto supera la lectura y la memoria, supera saberlo y compartirlo, supera darle me gusta y sentir gratitud un domingo en la Iglesia, el verdadero secreto está en creerlo y vivirlo.

Ahí radica la diferencia. ¡Lo sabemos, pero nos cuesta!

Sabemos que el murió para perdonarnos. Hemos leído que a Dios no le importó entregar a su único hijo por amor al mundo. Hemos escuchado que Jesús siendo Rey y Señor renunció a si mismo para morir en la cruz por nosotros,  libertarnos y darnos vida eterna. Hemos compartido mensajes, postales, imágenes. Hemos cantado y hecho alabanza. Hemos servido a la Iglesia en nombre del Señor y hemos aprendido versículos de memoria, pero….. ¿creemos y vivimos esta verdad?

¿Lo crees, o crees que lo crees? Lo sé, es una pregunta trabalenguas, pero si lees más despacio entenderás el significado de la pregunta y podrás responder.

Crecí en una familia católica, apostólica, romana y estudié en un colegio de monjas desde los 6 años. Por lo que os cuento de mi niñez, siempre creí que conocía a Dios pero realmente le conocía superficialmente porque no era el mismo Dios que percibí, encontré y me abrazó a los 21 años. Desde entonces mi vida cambió y me di cuenta que aunque creía estar libre de pecado por no robar no era libre de pecado, había pecado de otras maneras. Me enteré, escudriñando su palabra de la verdad, me di cuenta que muchas cosas que Dios abominaba las había estado haciendo, como idolatrar imágenes. Con el tiempo comprendí que Dios no habitaba en templos ni en figuras a las que yo oraba y decidí renunciar a una tradición y religión para tener una relación y vínculo permanente con Dios, quién estaba a mi lado día y noche y no en el templo los domingos. Desde entonces él es mi padre y mejor amigo.

Dios me amó desde siempre pero yo no lo sabía. Dios me estaba esperando desde siempre pero yo sólo pude verlo a los 21 años. Jesucristo me salvó y rompió las cadenas de esclavitud que me ataban pero yo luchaba con las mentiras del enemigo porque no creía ni entendía esta verdad. Hoy siento la obligación y el llamado a compartir esta gran verdad con el testimonio de mi vida. Dios me estaba esperando, porque para todos él tiene un momento pero no olvidemos que nada nos hará salvos, más que su perdón.

El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2 Pedro 3:9)

Él fue paciente conmigo y me esperó. Él no quizo que yo pereciera y tuvo misericordia de mí. Hoy, tú puedes ayudar a otros compartiendo tu fe y la verdad. Que la salvación no es lo que hemos creído.

No nos salva ser religiosos, no nos salva encender más velas y clamar más alto. No nos salva ayunar más veces y donar juguetes y ropa a los desfavorecidos. No nos salva leer la Biblia en varios idiomas ni ir a tierra Santa. Sólo nos salva CREER. Creer que por su gracia hemos sido rescatados.

Para entender esto, es necesario ir al diccionario y leer el significado de la palabra “Gracia”: Don o favor que se hace sin merecimiento particular; concesión gratuita.

Es decir que Dios nos dio GRATIS la salvación. Su perdón no tiene precio, no tiene condiciones, no tiene letra pequeña. La salvación es por su gracia y sólo se obtiene creyéndolo y viviendo conforme a esa verdad. Entonces no basta con que lo leas y lo sepas, bastará cuando lo creas.

El enemigo nos ha engañado a lo largo de los siglos haciéndonos creer que salvo es el que más diezmo dé, el que más oraciones haga, el que más sirva en la Iglesia, el que más participe en la alabanza, el que más ayuda ofrezca a los necesitados, el que vaya más a la predica o se aprenda de memoria la Biblia.

La salvación no tiene precio porque es incalculable. La salvación es para todos, no para algunos. La salvación la ofrece Dios por amor a los hombres a través de su hijo Jesucristo y puedes disfrutarla si lo crees y vives conforme a esta verdad.

¿Lo crees? Es suficiente.  ¡Vívelo y compartelo!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¿Alguien más grande que él?

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Hoy, después de 28 meses trabajando para el mejor de los jefes, diseño con gratitud y amor la postal 900 y se alegra mi corazón porque hemos sido edificados por su palabra todo este tiempo. Cada día hemos visto su poder y su gloria porque no hay otro como él.

Hoy, nuestro grande y poderoso Dios, Jehová de los ejércitos es digno de ser alabado y exaltado porque ha extendido su brazo cada día para soportarnos, sustentarnos, defendernos, ayudarnos, bendecirnos y restaurar nuestro camino. No tengo palabras para decirle cuánto le amo y cuán agradecida estoy de su inmensa bondad y misericordia.

Respondamos juntos estas preguntas y demos gracias a Dios. Yo me animé y empecé para dejar mi testimonio y animarte a decir conmigo a viva voz: “Cuán grande es Dios”

¿Recuerdas de dónde te sacó Jehová?

-A mí me sacó de un estado de nerviosismo y temor permanente. De una mentira del enemigo que creí por años y que había hecho fortalezas en mi mente.

¿Recuerdas cómo fuiste y dónde estabas? ¿Y cómo eres hoy?

-Fuí una persona celosa, egoísta y con baja autoestima. Hoy soy libre y me amo porque Dios me ha hecho a su imagen y semejanza. Hoy sé quién soy y cuál es el propósito de Dios para mi vida.

¿Recuerdas de qué te salvó y sanó el Señor?

-Me salvó de las mentiras del enemigo, abrió mis ojos y me ha sanado física y espiritualmente, para siempre. Me han diagnosticado una enfermedad auto inmune sin cura, pero él ya me sanó en la cruz, lo creo y lo declaro cada día y hoy me permite gozar de un perfecto estado de salud.

¿Recuerdas que su fidelidad te sostuvo y te sigue sosteniendo?

-He visto su fidelidad cada día en mí vida y en mi entorno familiar. He constatado con mis ojos, que lo que él ha dicho lo cumple y sus promesas son verdad.

¿Recuerdas quién te proveyó cuando no había nada?

-Dios nos dio a mi esposo y a mí lo que no teníamos cuando no había nada y nuestra cuenta estaba en números rojos.

¿Recuerdas que mano estuvo ahí cuando todos salieron corriendo?

-La mano del Señor fue mi consuelo y soporte cuando mis amigos me dieron la espalda por acercarme a él y declarar su amor. Hoy lo recuerdo con gozo y como parte de mi testimonio.

¿Recuerdas quién te consoló y abrazó a pesar de tu rebeldía?

-El Señor me consoló a pesar de que mi mente pensó lo incorrecto, mis pies pisaron donde no debían y mi boca dijo lo que no era sabio. Él no me señaló, él me abrazó y perdonó.

¿Recuerdas quién contestó tus oraciones y obró un milagro en tu vida?

-He perdido la cuenta de cuántas oraciones ha respondido el Señor. Y milagros he visto muchos, el primero y que más presente tengo es conseguir ayudar a toda mi familia al mismo tiempo para que salieran de una situación difícil sin saber cómo lo haría, sólo confiando en él.

¿Recuerdas que el regalo más grande que te ha dado no tiene precio y pensó en ti sin que tú le conocieras porque te ama?

– Me han regalado cosas de valor, costosas y preciosas, pero el regalo más bello es la paz y salvación que recibí de mi Dios en su hijo Jesucristo. Y he comprendido que de nada sirve tener las cosas más bellas del mundo sino hay paz en el corazón.

¿Recuerdas que él vistió un planeta de hermosura para que lo disfrutaras?

-Hoy, valoro cada cosa que ven mis ojos. Me detengo a ver la perfección de la naturaleza y me invade la gratitud. Ver como llueve, como sale el sol, como crece una planta, como florece, como vuelan las aves, como se levantan las montañas y corren las aguas por los ríos. Disfruto mucho ver el firmamento en la noche y contar las estrellas que me recuerdan que Dios ni siquiera nos dejó a oscuras en la noche porque nos dio un lucero inmenso que ilumina nuestra tierra, nuestro andar.

¿Recuerdas que te concedió una familia, una pareja y unos hijos para bendecirte y pulir tu carácter?

– Cuando me detengo a observar los ojos de mi esposo y el milagro de poder verlo, doy gracias a Dios. Cuando puedo hablar con mis padres y mi hermano, otra vez exalto el nombre del Señor porque su bondad se ha extendido a toda mi familia. Les amo porque sé que Dios pule mi carácter a través de mi convivencia con ellos. Les bendigo y oro por ellos para que también sean hallados en gracia delante de Dios.

Recuerda como yo todas las cosas que hacen grande a Dios y seamos gratos con nuestro Padre Eterno. Seamos hijos agradecidos y reconozcamos que su amor y misericordia nos han salvado y hoy nos tienen donde estamos; libres de condena, aceptos a pesar de nuestros errores, salvos, vencedores y victoriosos en su hijo.

¿Hay algo más qué decir?

¡Gracias, Gracias, Gracias por siempre Señor!!

¡Cuán grande eres Dios!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¿Por qué condenamos, si Él jamás lo hizo?

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Cuando vinieron los escribas y fariseos delante de Jesús a presentar a la mujer adultera y acusarla para apedrearla por su pecado, cómo dictaba la ley de Moisés, Jesús les invitó a reflexionar sobre su comportamiento y les hizo una pregunta que perdura hasta nuestros días y que hoy nos corresponde contestar a nosotros. ¿Estamos libres de pecado para lanzar una piedra de castigo y juicio contra otro?

Reflexionemos:

¿Por qué Jesús, siendo Hijo de Dios y con toda autoridad no condenó a esta mujer?

¿Por qué el Señor Jesús tuvo clemencia de una adultera, cuando la ley prohibía el adulterio y consideraba la muerte como pago del pecado?

¿Por qué los escribas fariseos se sentían justos acusándola y presentándola públicamente como una pecadora?

Primero, debemos recordar que estos hombres se consideraban expertos en la ley, pero realmente ¿la cumplían? La respuesta de Jesús no fue la que esperaban y por el contrario sus palabras removieron la conciencia de todos estos hombres, quienes inmediatamente abandonaron el lugar reconociendo claramente que ninguno tenía derecho de lanzar una piedra contra la mujer adultera porque ninguno estaba limpio de pecado. ¡Todos eran pecadores!

¡Cuidado! Porque sin pensarlo, muchas veces actuamos como los fariseos y los escribas, creyéndonos eruditos de la fe y expertos en la palabra porque la leemos y nos sabemos algunos versículos de memoria. ¿Es esto suficiente para ser perfectos y estar libres de pecado? No! porque ninguno de los hombres es perfecto y justo. La Biblia dice lo siguiente:

“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga bien y nunca peque”.

Eclesiastés 7:20

¿Creías que eras bueno?¿Creías que eras justo? Dios dice que ciertamente no existe en la tierra un hombre que haga bien y NUNCA peque. Es decir que ni tú ni yo, somos tan buenos como creemos. Quizás somos menos malos que otros y menos injustos por la misericordia de Dios. Pero tú y yo somos pecadores, por eso Jesús vino, para salvarnos y redimirnos. Sin la sangre de Jesús seguiríamos estando en pecado y apartados de la gracia de Dios, pero por su sacrificio en la cruz hemos sido limpios de toda mancha y justificados por la fe.

Por eso hoy, esta pregunta nos recuerda que ninguno de nosotros tiene derecho de levantar la mano para lanzar piedras contra los demás. Pero no es necesario agredir físicamente a otro; basta con abrir nuestros labios para juzgar o señalar con nuestro corazón el error de otro.

¿Cuántas veces hemos escuchado a hermanos señalando el pecado de otros hermanos?

¿Cuántas veces nosotros mismos hemos levantado el dedo para juzgar y criticar a nuestra familia, a nuestra pareja, a nuestros amigos?

¿Cuántas veces hemos sentido satisfacción porque no somos como los demás, que pecan sin parar?

¿Cuántas veces hemos juzgado a otros con nuestra mirada y la expresión de nuestro rostro?

No seamos escribas ni fariseos. Seamos imitadores de Cristo, que no juzgó ni condenó a la mujer adultera sino que la perdonó.

Detente un momento y reconoce delante de Dios las veces en las que te has comportado como un escriba y has señalado el error de otro, olvidando que no eres perfecto ni justo. Que esta semana tu propósito sea perdonar y amar como Cristo perdonó y amó a la mujer adultera sin condena ni prejuicios.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Él no cambia, él es el mismo ¡por los siglos de los siglos!

Dios no cambia. Su amor por ti y por mí es como él mismo ¡eterno!

Nada hará que él deje de amarnos, porque su esencia es el amor y él no cambia aún a pesar de nuestras faltas. Él es el mismo por siempre, el mismo por los siglos de los siglos. Su esencia es inmutable. Jamás cambiará su ánimo y misericordia. En su justicia y autoridad pagará a cada uno conforme a sus actos.

A pesar de la frialdad, maldad y lejanía del hombre, Dios siempre está alegre y contento, siempre hay dibujada en su rostro una sonrisa y su paciencia no conoce limites. Dios siempre obra bien y su voluntad actúa conforme a su plan y a los propósitos de bien que tiene preparados para cada uno de sus hijos.

Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos.

Sofonías 3:17

Y ahora te pregunto ¿Has hecho algo que pueda hacer borrar la alegría del rostro de Dios?¿Qué hiciste?¿Qué error cometiste?¿Qué te apartó de la gracia de Dios?¿Por qué llevas la cabeza gacha?¿Qué hiciste?¿Qué dijiste?¿Qué callaste?¿Qué miraste?¿Dónde pusiste tus pies? No me lo digas, confiésalo con tu corazón contrito y arrepentido al Señor.

Muchas cosas hemos hecho de las que nos hemos arrepentido y Dios nos ha perdonado. Muchas cosas más haremos, pero todas él las ha perdonado y es realmente hermoso comprender y saber que Dios perdonó nuestros errores pasados, presentes y futuros. ¿Se puede entender esta verdad con nuestra lógica humana? De ninguna manera, resulta difícil creer que alguien pueda perdonar lo que aún no ha ocurrido. Pero el amor de Dios es eterno y no conoce limites, es amplio y extenso. ¡Alcanza a cobijarnos desde el principio y hasta el fin! a pesar de nuestra imperfección y desobediencia.

Escribir estas líneas despierta en mí algo de preocupación porque el sabernos amados y justificados por la eternidad delante de Dios gracias a la sangre de Jesús, nos puede llevar a actuar en algún momento de forma inconsciente y podemos infringir su ley al sabernos perdonados. Y lo digo con sinceridad porque esto me recuerda a lo que muchas veces siendo niños hicimos. Al menos yo lo hice, desobedecer y mentir a nuestros padres con la certeza de saber que su amor no nos despreciaría, sino que nos perdonaría tarde o temprano. Pero…..

No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Gálatas 6:7

No actuemos de esta manera y mucho menos con nuestro Padre Celestial. ¡Lo que sembremos, eso recogeremos! Dios no puede ser engañado ni burlado, él conoce lo más profundo de nuestro corazón. Pidamos al Espiritu Santo de Dios nos dé arrepentimiento para reconocer nuestros pecados y discernimiento para elegir siempre hacer lo correcto y resistir la tentación. No violemos sus mandamientos con la certeza de que tenemos su perdón. ¡Esto es prevaricar! Es pecar.

Así como es de amoroso el Señor y de misericordioso, también es justo y a cada uno paga conforme a sus obras. Leamos lo que dice su palabra:

Y tuya, oh Señor, es la misericordia; Porque tú pagas a cada uno conforme a su obra.

Salmos 62:12

El mensaje de hoy nos llama al arrepentimiento y a la reflexión. Nos invita a decir no a la tentación y mirar en la dirección correcta. No seamos desleales ni infieles a Dios quebrantando su ley. Él no cambia y ha prometido amarnos por la eternidad, hagamos nosotros lo mismo, amémosle por los siglos de los siglos y en consecuencia de nuestro amor obedezcamos su palabra. ¡Amén!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Nada puede detener la grandeza y poder de Dios

¡No existe! simplemente no existe nada que limite o detenga el poder de Dios. No hay nada que pueda impedir la grandeza, poder y majestad del Señor. Por encima de él no hay nada ni nadie, por encima de él no hay ninguna deidad ni poder que lo superen. Con su sacrificio en la cruz Jesucristo venció a la muerte y nos hizo vencedores por la eternidad. Hoy, tú y yo, gracias a su sangre preciosa somos hijos de Dios, herederos de la promesa y ya no hay cautividad para nosotros ¡Somos libres!

¡Seguimos celebrando la victoria en la cruz de nuestro Rey y Salvador!

Que cada día al despertar y ver el destello de la mañana puedas recordar que él te dio vida nueva y restauró tu corazón. Te dio victoria y libertad.

Él te limpió de toda culpa y ya no hay ninguna condena que te separé del amor de Dios.

¡En él hemos recibido redención, salvación, perdón, sanidad, vida eterna y esperanzas!

¡Disfruta cada día este hermoso regalo que no tiene precio!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Con una corona de espinas se hizo Rey por siempre!

Un Rey, tal y como los conocemos en nuestros tiempos, viste atuendos de lujo y joyas brillantes. Su corona es lo más destacado de su vestuario, alta, de oro y adornada con piedras preciosas. Así se distingue un Rey, también por su nivel de vida de exigente gusto y grandes riquezas.

Jesucristo, pudo haber sido así, pero no lo fue. Él escogió ser precisamente lo contrario para enseñarnos que no son necesarias las riquezas ni lo material para ser una persona que impacte en el mundo. Él nos enseñó que más humilde es quién teniendo no hace alarde, que quién no teniendo nada se esfuerza en aparentar lo contrario. Jesucristo vistió ropa sencilla y discreta, vistió como los demás. Él no usó trajes de telas finas ni calzado de oro, él no tuvo un trabajo de directivo en su época ni vivió en un castillo con guardas y carruajes. Jesús, fue un humilde carpintero, caminó con sandalias y habitó una casa normal, pero esto fue suficiente para que el Hijo de Dios cambiara el ritmo de la humanidad ofreciéndole a los hombres una segunda oportunidad delante del Padre.

Dios tenía un plan y su plan incluía el renunciar a la carne, a la vanidad y a los placeres del mundo. Cosas de las que no carece ningún rey de los últimos tiempos. Nuestros reyes son figuras públicas que se alejan notablemente de nuestro Salvador que no necesitó nada material para gobernar y establecer su reino por la eternidad. Porque lo dilatado de su imperio y su paz no tendrán límite.

¿Lo crees? Yo si lo creo. ¡Él es mi Rey y lo amo!

Así que es el momento de dar infinitas gracias a Dios por su regalo, por su perdón y su enseñanza.

Es tiempo de celebrar que nuestro Rey venció y nos dio perdón y vida eterna. Es la hora de declarar que él reinará por siempre y su nombre será exaltado por los siglos de los siglos.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Jesús 100% Dios y 100% Hombre!

¿Cuántas veces hemos sentido que no podemos enfrentar las cosas y que estas nos superan?

Estando en el monte Getsemaní, Jesús vivió un tiempo de gran angustia y tristeza y lo confesó a sus discípulos más queridos que le acompañaban. Se lo dijo a Pedro, Jacobo y Juan.

     (Marcos 14:34-35)

Les dijo: «Siento en el alma una tristeza de muerte. Quédense aquí, y manténganse despiertos.»

Se fue un poco más adelante y, postrándose en tierra, oró que, de ser posible, no tuviera que pasar por ese momento.

Jesús era el Hijo de Dios pero también era un carpintero de Nazaret que sentía sobremanera lo que estaba a punto de ocurrir. Tan real era lo que ocurriría que se angustió y entristeció su corazón porque su muerte era inminente y no volvería a ver físicamente a sus amigos. Por eso les pidió que le acompañaran en oración pero estos no pudieron, estaban cansados y se durmieron. Jesús sabía el dolor al que se enfrentaría y conocía que para cumplir el propósito del Padre debía padecer en su cuerpo la culpa de nuestro pecado.

Él nos enseñó la grandeza de Dios a través de su vida y sus ejemplos. En todo fue santo, correcto y misericordioso y esto es lo que nos invita a ser. Siendo el Hijo de Dios él pudo evitar su sufrimiento, pudo castigar a sus verdugos y pudo huir del lugar donde le entregaría Judas, pero no lo hizo. No lo hizo porque fue más grande su amor. No dudó en entregarse y rendirse ante la muerte para vencer por la eternidad para que tú y yo tuviésemos vida. Está claro, que en su carne y humanidad Jesús no quería sufrir, por eso clamaba al Padre que si podía, pasase de él esa copa, pero finalmente se sometió a Dios y le pidió que se hiciese su voluntad antes que su deseo.

El dolor es físico y deja huella, pero a Jesús no le importó sufrir en su carne la culpa de nuestros pecados porque su dolor le hizo salvador del mundo y redentor de los débiles. Su humildad y silencio le hicieron merecedor de la honra. Su sacrificio en la cruz siendo inocente le dio la victoria por los siglos de los siglos. Así que en medio de su padecimiento había gozo en su alma porque

se cumplía en su vida el propósito celestial y divino para el que le había enviado el Padre.

Nuevamente, Jesús nos enseña la obediencia, sujeción y amor a Dios que le hicieron renunciar a sí mismo para perdón del mundo. No dudemos ni un instante que Jesucristo entiende nuestra humanidad porque él también fue hombre. No dudemos un instante que Jesús conoce nuestra situación y condición porque él también lo experimentó en la carne. Seamos fuertes y valientes recordando que él se entregó sin oposición para darnos Vida y Salvación y esta verdad nos da la victoria en todo tiempo y circunstancia.

Demos gracias a Jesucristo por la eternidad al entregar su vida por amor a nosotros.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Y beberemos este vino mientras él vuelve, recordando su promesa.

Al caer la noche él se sentó con sus amigos, los discípulos, los doce apóstoles y participó con ellos de la Pascua. Pero sabiendo que en la mesa estaba compartiendo con ellos quién le entregaría, Jesús lo comentó y hubo tristeza en sus corazones. Pero mientras comían, Jesús instituyó la Santa Cena tomando un poco de pan y partiéndolo para hacer memoria de su cuerpo, que sería entregado por los hombres y compartió con todos también la copa de vino recordando que ella representaba su sangre, alianza del nuevo pacto que por muchos se derramaba. Ahí estaba hablando el Señor de ti y de mí también., nosotros alcanzábamos a ser parte de esos muchos que recibirían salvación en su sacrificio.

Jesús celebró con la Santa Cena su victoria sobre la muerte. Él convidó a la cena de la Pascua en aquel aposento alto a todos los apóstoles, inclusive a Judas, que le vendería. Porque él no moriría por unos cuantos sino por todos. Jesús murió por Juan, Pedro, por Judas, por ti y por mí también, que seguimos pecando aún sabiendo el precio de nuestro error.

Aunque pecadores somos y Judas Iscariote lo fue, el Señor murió para darnos una oportunidad, la cuestión es que Judas a pesar de caminar junto a Dios no obedeció al Señor, fue tentado y pecó. Jesús dijo en mitad de la cena: ¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. Estás palabras dejan claro cual sería su castigo. Judas siguió en su propósito y aunque después se arrepintió, fue tarde, demasiado tarde. El resto de la historia la conocemos.

Su muerte fue el paz y salvo de nuestra deuda con Dios. Su sacrificio en la cruz fue la anulación de la factura que teníamos por la eternidad con el Padre. Jesús fue la oportunidad que Dios nos dio de ser limpios y sin mancha delante de sus ojos. Su Sangre el precio de nuestra culpa. Y aunque hoy, Jesús no está entre nosotros físicamente, sí está su espíritu y cada día nos sigue invitando a participar de la cena que celebramos de forma simbólica pero con la misma trascendencia que tuvo esta última vez con los doce. Resistamos el pecado que nos aparta de Dios y nos roba su perdón y aceptemos el cuerpo y la sangre de Cristo como entrada al Reino de los Cielos.

Hoy, Jueves Santo tenemos presente la última reunión del Señor con sus discípulos en la que el Señor advirtió que sería esa la última oportunidad de compartir con ellos porque la próxima vez que bebiese del fruto de la vid sería en el reino de Dios, es decir contigo y conmigo, con los gentiles, con el resto de la humanidad que aceptaría su sacrificio en la cruz. Una vez más el Señor nos tiene en cuenta sin conocernos ni nombrarnos. Una vez más él recuerda que moría por todos los hombres y que habría una segunda cena en la que participaríamos todos de la mesa; mientras tanto bebemos el vino recordando su promesa y su regreso.

Trabajando para el mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Hay gigantes, pero nadie es más grande que Dios.

Don Quijote de la Mancha imaginaba que los molinos de viento eran enormes y peligrosos gigantes. Realmente, no eran más que enormes construcciones pero él las veía como inmensos gigantes con los que se tendría que enfrentar. Nosotros nos enfrentamos a molinos diariamente, perdón, gigantes. Unos verdaderos, otros inventados y otros que, siendo pequeños, nosotros mismos hacemos enormes.

A lo largo de mi vida, 30 años, han aparecido diferentes gigantes, unos más grandes que otros y algunos a los que yo misma, con mis preocupaciones, les di poder y los hice más gigantes de lo que realmente eran. Años más tarde, después de conocer al verdadero Dios y convertir mi fe en una relación estrecha con Él, me explicó que estaba equivocada temiendo a esos gigantes. Me animó a confiar porque él es quien pelea por mí y me enseñó a no temer, aunque vengan contra mí enormes gigantes porque él está conmigo, es mi defensa y escudo.

El Señor me hizo entender que la vida va de batallas que se ganan o pierden a diario, que la vida implica una pelea constante entre lo bueno y lo malo, una lucha entre el bien y el mal, un enfrentamiento entre dos fuerzas: la luz y la oscuridad. Dios me permitió conocer que formo parte de esta batalla pero que no estoy sola, él me dio las armas para defenderme, me dio poder, autoridad en su Hijo y cuento con su compañía y respaldo porque él va delante de mí. Así que gigantes vendrán, volverán, seguirán atacando, unos más grandes que otros, otros enormes y aparentemente invencibles pero ¡no debemos temer! Temer o no, es una decisión. ¡Yo decido no temer!

Desconozco el tamaño del gigante al que te enfrentas hoy, no sé si está cerca o apenas lo ves venir a pasos agigantados desde lejos. Pero lo que hoy quiero transmitir en este mensaje es que debemos confiar en Dios porque él no nos dejará y ningún gigante es mayor que nuestro Señor. Nada tiene más poder que Jehová de los ejércitos. Ni enfermedad ni dolor ni fracaso ni tristeza ni las deudas ni los problemas, ninguno es más grande que nuestro Señor. Esos gigantes van a ser derribados si crees. Ten fe y confía, ¡no temas!

Hace pocos días, compartía en un mensaje el diagnóstico clínico que me dieron hace 4 años. Ellos, “los médicos”, han dicho que padezco una enfermedad auto-inmune degenerativa sin cura, Esclerosis Múltiple. No se hereda, no se contagia, no se transmite pero me tocó, así como cuando te ganas un premio. Pero desde entonces, sé que el poder de Dios me ha sanado, y cuando mi familia y amigos me ven no creen que padezca esta enfermedad.

Hoy, después de algunos meses, tuve cita con el especialista para el control rutinario y el resultado de la última resonancia magnética. Y la neuróloga me ha dicho que hay más señales degenerativas en mi cerebro, y que aunque no he experimentado sensaciones ni cambios aparentes, hay un daño, ”cicatrices” importantes en mi cerebro. Como quizás te sientas tú en este momento mientras lees estás líneas me sentí yo esta mañana, ¡sorprendida! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué avanza tan rápido?¿Por qué me pasa esto?¿Cómo estaré dentro de diez años? Pero recordé que no debo temer, mi Dios es poderoso y para él no hay nada imposible, y sé que él se glorificará en esta situación que enfrento. Él no abandonó a Job cuando estuvo mal, él restauró su vida y premió su fidelidad. Este gigante que hoy vino a mi vida a intranquilizarme no es más grande ni poderoso que Dios, así que decido no temer. Confío en Dios porque él es ¡grande, fuerte e invencible!

A Dios amaré todos los días de mi vida y le serviré con todas las fuerzas de mi corazón aunque no tenga suficientes fuerzas físicas y el temor intente nublar mi mente. Él multiplica mis fuerzas, me sana, restaura, anima y promete acompañarme todos los días, igual que a ti. ¡No temas!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Si el enemigo te ataca, ya sabes que hacer.

Y dijo Pablo a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos”. (1 Timoteo 6:12)

Hoy, ese Timoteo somos tú y yo y el mensaje esta claramente dirigido a nosotros. Como hijos del Señor rescatados y trasladados de tinieblas a luz, tenemos un enemigo que se empeña en apartarnos del camino, un enemigo que se esfuerza en confundirnos con su engaño y ataca nuestra mente y corazón constantemente.

Sabemos que se esfuerza y trabaja arduamente para tentarnos y luego acusarnos, pero con la misma insistencia debemos actuar. No permanezcamos inmóviles y en silencio recibiendo disparos a mansalva del enemigo. Tomemos nuestra armadura y esforcémonos en resistirle. Esto es una batalla, de la que ya tenemos la victoria, pero que se sigue librando día tras días hasta el día de salvación. Somos vencedores y tenemos una armadura que nos dejo el Señor, si no fuese así, Jesús no nos habría advertido que en el mundo habría aflicción, no nos habría dicho que tenemos una guerra declarada contra demonios y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

No abandonemos ni dejemos oxidar nuestro escudo y espada. No vayamos a la guerra desarmados. ¿Sabes lo que puede pasarle a un soldado que olvida sus armas y va a la guerra desprotegido? Así estamos tú y yo cuando el enemigo nos ataca y hemos dejado la armadura en casa. Si vivir cada día no supusiera un riesgo de ser atacado, Jesús no nos habría aconsejado ponernos la armadura. Nos habría dicho que no era necesario resistir y permanecer en oración y ayuno y tampoco nos habría dado poder.

Pero la realidad es otra. Tenemos una armadura, tenemos poder en la sangre de Jesús y autoridad en su nombre. Tenemos la victoria y el apoyo del general de generales porque él va con nosotros en todo momento y pelea por nosotros. Sin embargo no podemos andar sin la armadura.

No sé que piensas, no sé si crees que eres participe de una guerra, no sé si lo sabías o eres de los cristianos a los que no les gusta hablar de guerra espiritual. Realmente no lo sé, pero lo que si sé, es que esto es real, hay una guerra declarada en contra nuestro, el enemigo anda como León rugiente buscando a quien devorar y está empecinado en apartarnos de Dios. Pero si él se empeña en atacarnos, nosotros debemos empeñarnos en resistirle.

Ponte la armadura cada día. No salgas sin protección, desprotegidos somos vulnerables. Haz un inventario de tu armadura.

Se nos habla de la armadura de Dios en Efesios 6:10-18

La armadura de Dios

10 Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.

11 Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.

12 Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

13 Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.

14 Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia,

15 y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.

16 Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.

17 Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;

18 orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos.

 

¿Tienes toda la armadura? Revísalo y póntela, mañana es tarde. Revístete de Cristo cada día y ponte la armadura a donde vayas.

Recuerda:

Los lomos ceñidos con la verdad.

En nuestro pecho la coraza de justicia.

En nuestros pies, el calzado del evangelio de la paz.

En una mano el escudo de la fe.

En la cabeza el yelmo de la salvación.

Y en la otra mano la espada del espíritu.

No hay excusas, cuando se hace una advertencia, después no vale arrepentirse, llorar y lamentarse. Es mejor escuchar y seguir la instrucción y más si es dada por Dios. Él nos dijo lo que había y lo que debíamos hacer.

¿Lo estamos haciendo? Peleemos! Peleemos! No peleamos solos(a), él va delante nuestro.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

No te preocupes ni temas, él te librará.

Alguien me dijo una vez que en la Biblia estaba contenida la frase “no temas” 365 veces y aunque no lo he comprobado ni lo he contado, creo rotundamente que así es, porque para cada día Dios tiene una palabra que nos anima a no temer y una forma de recordarnoslo es el alba, cuando sale el sol nos está diciendo: “¡No temas! He permitido que el sol salga nuevamente para ti”.

A veces enfrentamos situaciones tan oscuras, frías y azules como esta fotografía, pero si te fijas en la imagen, a pesar de los tonos, realmente es hermosa y participan en su composición otros elementos que son bellos en sí mismos como el agua. Así ocurre en nuestra vida. Vivimos momentos tristes, difíciles, preocupantes, asoladores, de tensión y entonces el panorama de nuestro entorno cambia de color y parece oscuro pero no deja de ser hermoso, porque aunque no nos fijemos, hay detalles a nuestro alrededor que siguen siendo especiales aunque la situación parezca perder color. Por eso perdemos la oportunidad de valorar muchas cosas cuando estamos enfocados en los problemas y en buscar solución en nuestras propias fuerzas.

Dios nos dice constantemente: “no temas” porque él sabe lo que enfrentamos cada día. Dios sabía que vivir libre de temor en el mundo sería muy difícil para nosotros y por eso nos fortalece en su poder a través del Espiritu Santo, nos multiplica las fuerzas y nos hace vencedores en la sangre de Jesús. Y como si fuese poco nos concede un espíritu de poder, amor y dominio propio. ¿No es increíble todo lo que Dios nos da, buscando que seamos libres, valientes y victoriosos?

Por eso hoy es el mejor día para recordar que Dios no quiere que seamos prisioneros del temor. El Señor no quiere vernos sufrir, llorar, lamentarnos y angustiarnos hasta perder el control. Él quiere ayudarnos pero no interviene, nos deja elegir: buscarle o luchar en nuestras propias fuerzas. De nosotros depende dar el paso de fe, confiar y esperar. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, pero si puedo decir que la respuesta de Dios siempre trae alegría y bendición a nuestras vidas, él nos proveerá de soluciones inexplicables pero maravillosas. Recuerda, Dios quiere el bienestar de sus hijos y tú eres uno de ellos.

¿Qué te preocupa hoy?, ¿es lo mismo de ayer y de hace un mes? ¿Qué es lo que no te deja conciliar el sueño y dormir tranquilo(a)? ¿Merece la pena preocuparse y perder el sueño?

No es fácil confiar pero es un ejercicio de fe, sin duda es una decisión que debemos tomar. Así que deja de luchar en tus propias fuerzas, reconoce que no tienes el control, que no te corresponde dar solución a todo y que solamente en Dios puedes ser fuerte y obtener la respuesta idónea para las circunstancias que enfrentas, porque lo mejor es que todas ellas te librará el Señor.

¡No dudes! Confía y espera. Su brazo se extenderá y te ayudará a salir victorioso!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Clemente y compasivo es Dios

No existen palabras más sinceras para describir el carácter de Dios. Él es clemente y compasivo. Él es lento para la ira y su misericordia es infinita.

Soy una persona un poco impaciente y con facilidad me pongo nerviosa si las cosas no salen bien. Dios ha pulido mi carácter y cada día sigue trabajando para moldearme conforme a su amor y voluntad, y esto me hace admirar en gran manera la paciencia del Señor. Si nuestra relación con Dios se tratara de paciencia, creo que ya se le habría agotado porque no somos perfectos, todos los días fallamos. Pero conocer el verdadero carácter de Dios nos permite recordar que somos afortunados porque su misericordia nos ha alcanzado, nos ha perdonado, y hoy somos lo que somos por su gracia.

Cuando leí este versículo de los salmos hace más de 8 años, entendí que el carácter de Dios que las monjas me habían enseñado de niña no se parecía mucho al carácter que describía su palabra, y cuando me acerqué a Dios arrepentida por mis errores, entendí que en él no hay nada de dureza ni inclemencia, Dios no es implacable ni está furioso conmigo por mis faltas. Él es paciente y justo, es un Dios revestido de amor y ternura para con todos sus hijos, y aún a pesar de nuestros pecados, él nos sostiene y perdona nuevamente. Su misericordia es tan grande como la distancia de los cielos a la tierra, y no nos paga conforme a nuestro comportamiento sino que tiene de nosotros piedad y con ternura nos abraza.

Dios es un dios de oportunidades, no un dios castigador ni impositivo. Es un dios justo que ejecuta su palabra y actúa conforme a su ley, una ley llena de amor y bondad, tanto que envió a Jesús, su único hijo, a nacer en medio de nosotros para darnos vida y perdón, para enseñarnos en él cómo debemos ser y vivir. Y nuevamente, su misericordia se extendió a toda la tierra al permitir que Jesús muriera por nosotros. Él no se negó a subir a la cruz por ti ni por mí, él sufrió y lloró lagrimas de sangre para darnos vida, para salvarnos de la culpa, de la condena y de un futuro apartados de Dios.

Celebremos y gocémonos porque la misericordia de Jehová nos ha sostenido, nos ha alcanzado y nos ha hecho nuevas criaturas en Cristo Jesús. Por amor, nos transformó en lo que somos hoy. No somos perfectos, ¡para nada!; pero sabemos dónde está nuestra fuerza para ser mejores personas, y tenemos la certeza de la misericordia, clemencia, compasión, perdón y amor de Dios.

¿Has fallado? Yo sí. No conozco tu error ni tú el mío, pero Dios sí lo sabe. Él nos conoce profundamente y lo que hay en nuestro corazón no le es oculto. Hoy nos pide que dejemos atrás el miedo y el temor, y nos arrepintamos de lo que hemos dicho, hecho y pensado que nos haya apartado de su lado. Él quiere ayudarnos a cambiar, y desea pulirnos y trabajar nuestro carácter hasta conseguir que seamos imitadores de Jesucristo.

Reconozcamos nuestro error y acerquémonos a Dios porque él nos limpiará del pecado, nos dará su paz y perdón. Volvámonos a él porque con ternura y paciencia nos abrazará para darnos libertad y romper las cadenas de nuestra culpa.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.