¿Y si escuchamos más, hablamos poco y nos enfadamos menos?

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Ya lo dice el Señor, que seamos prontos (rápidos, dispuestos) en escuchar, atender, oír y un poco más lentos, pausados y prudentes para hablar y para enfadarnos.

¿Pero somos así? La verdad es que si el Señor nos lo advierte en su palabra, es porque nos conoce a la perfección y sabe que nos cuesta mucho escuchar y atender. Nos cuesta prestar atención y oír de verdad. Oír no es igual a escuchar. Se oyen muchas cosas pero se escuchan pocas. Escuchar requiere una disposición absoluta de nuestros oídos y entendimiento. Oír en cambio no, es suficiente que el oído capte algo sin entenderlo ni reflexionar en ello.

¿Y de qué va lo de hablar? ¿Por qué Dios dice que seamos lentos para hablar? Él quiere que meditemos nuestras palabras, quiere que reflexionemos y antes de abrir la boca sepamos lo que vamos a decir. Somos muy efusivos e impulsivos y ante esto el Señor nos anima a ir un poco despacio para evitar problemas. Yo soy la primera en hablar hasta por los codos, eso dicen las personas que me conocen y no sabéis de que manera trabaja el Señor conmigo esta área de mi vida cada día. Soy una persona muy gestual y expresiva y me encanta hablar, pueden pasar las horas y yo no paro de hablar….pero a veces es más sabio guardar silencio y no sabéis de qué manera trabaja el Señor conmigo para pulir esta parte en mí. Él que mucho habla quiere ser escuchado, pero también debe escuchar y disponer su atención para entender a los demás.

¿Y lo del enfado? Esta tercera observación es quizá la más importante, porque si se controlan las dos primeras esto es lo que puede llegar a evitarse. El enojo o enfado llega a nosotros cuando no escuchamos y respondemos con rapidez sin pensar soltando lo primero que se nos ocurre, muchas veces haciendo daño a los seres que más amamos con palabras dañinas e hirientes y con actitudes frías y distantes.

Dios nos dio un corazón nuevo y nos dio su Espíritu. Nos dio poder, amor y dominio propio. Él quiere que tengamos vidas alegres en las que las relaciones con los demás sean fruto del respeto, el amor y la amistad. Dios quiere que nos escuchemos mutuamente y nos entendamos. Él quiere que respetemos a quién habla y que todos hablemos pero sin llegar a agredirnos ni hacernos daño. La Biblia dice: “Airaos pero no pequéis” Es decir, que Dios entiende que hay cosas que nos pueden hacer enfadar, es más, él también se enfada con las injusticias y la desobediencia de los hombres; pero nos advierte que el enfado no sea una excusa para pecar.

Entonces: Escuchemos más, hablemos poco y enfademonos menos. ¡Nuestra vida será mejor!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

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Estás a tiempo ¡Ejercita tu espíritu!

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Existen en nuestros días innumerables rutinas y consejos para cuidar nuestro cuerpo y salud. Existen terapias y ejercicios especializados para conseguir un objetivo físico resistente y duradero. Lo mejor es que empleamos todo o gran parte de nuestro tiempo, fuerzas y ganas en ello. Nos comprometemos y hacemos deporte, rutinas y ejercicios con el propósito de conseguir una condición física inmejorable. Anhelamos ser fuertes, estar sanos y para ello, invertimos el tiempo que sea necesario. Dejamos todo a un lado para conseguir nuestro objetivo.

Y si hiciéramos lo mismo pero con el propósito de fortalecer nuestro espíritu, ¿Crees que el resultado sería el mismo?¿ Trabajaríamos de la misma forma y con el mismo ánimo para tener un alma y un corazón imbatible? Ojalá deseáramos ejercitar nuestro corazón de la misma forma que anhelamos correr por las mañanas. Ojalá fuésemos tan puntuales en la Iglesia como lo somos en el gimnasio. Ojalá fuésemos tan consagrados en leer la palabra de Dios como lo somos para asistir a las clases de yoga o pilates. Quizás notaríamos mejores resultados si tuviéramos un tiempo especial y reservado para él como el tiempo que le dedicamos al entrenador para que nos explique la rutina del momento.

El ejercicio nos ayuda a fortalecer el cuerpo pero la palabra de Dios fortalece nuestro espíritu. Es más que el alto rendimiento físico, es una terapia de sanación, limpieza y purificación. Leer la palabra del Señor y meditar en ella no sólo mejora nuestro aspecto físico sino nuestro aspecto emocional, mental y espiritual. No agotes todas tus fuerzas en conseguir propósitos físicos, con fecha de caducidad. Ejercita además de tu cuerpo tu espíritu. Ejercita tu alma. Ejercita tu mente y tu corazón.

Hacer deporte no es malo, hacer deporte es aconsejable y necesario, para mejorar nuestra salud. Leer la palabra de Dios no es malo, es necesario y muy recomendable para vivir y estar siempre gozoso.

Si tienes una Biblia en casa, ábrela!

Si tienes una Biblia cerca, léela!

Si no tienes una Biblia, búscala!

Si consigues una Biblia, medita en ella!

Pero hazlo. No pierda la oportunidad de escuchar la voz de Dios y meditar en lo que quiere decirte. Él quiere que seas fuerte, tan fuerte como cuando haces deporte.

No sé tú, pero yo le pido a Dios que me dé la misma disposición que tengo para cuidarme para buscarle, escucharle y vivir su palabra. Quiero comprometerme con todas mis fuerzas a ejercitar mi mente, corazón y espíritu. ¿Te animas?¿Lo hacemos juntos?

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Él llegó para cambiar nuestras tinieblas en luz ¡Hosanna!

Y llegó Jesús como pocos esperaban, llegó a las puerta de Jerusalén sentado en un pollino. Era el Hijo de Dios que se presentaba delante de la gran ciudad para rescatar a los moradores de la tierra. Él llegó hasta allí para convertir nuestras tinieblas en luz y desde entonces nuestra vida cambió. Hay una esperanza para el hombre, hay una nueva oportunidad. Dios extendió su misericordia de una forma permanente para reconciliarnos con él y quitar de nuestro corazón la culpa y la condenación.

Gracias a la valentía de Jesús que dio cada paso sin detenerse ni volver atrás, tú y yo somos considerados hoy hijos de Dios. Gracias a su carácter firme y obediente ya no hay cautividad ni oscuridad en nuestras vidas, fuimos rescatados ¡Él nos salvó! Y me encanta pensar esto porque los hombres en el afán de ser redimidos hemos inventado cientos de héroes maravillosos que siempre llegan a tiempo para rescatar a los afligidos, héroes que ponen en riesgo sus vidas para salvar a quien está en peligro, pero Jesús no se arriesgó, Jesús murió, como no ha hecho ningún otro héroe. Jesús renunció a su propia vida para darnos vida, vida abundante y eterna.

Es el momento de volver a meditar en los pasos que dio Jesús siendo consciente de que se acercaba su muerte, una muerte injusta e inmerecida para justificarnos delante de Dios y hacernos aceptos. Él no dudó ni un instante que no merecía la pena morir por ti y por mí, él no dudó un instante que era el mandato de Dios, él no pensó ni un instante en retractarse y cambiar de destino. Habría podido ir a otra ciudad antes que a Jerusalén y evitar su detención y las vejaciones a las que le sometieron, pero no lo hizo. Fue manso y humilde hasta su muerte. Guardó silencio y enseñó hasta el fin. Dio lo mejor de si en cada momento para que tú y yo viviésemos alegres, libres, vencedores y en paz el resto de nuestras vidas. Lo mínimo es decir: ¡GRACIAS Señor!

Digamos juntos al Señor Jesús:

Hoy quiero dejar de quejarme y lamentar mi situación, que nunca será peor a lo que tú viviste por mí.

Hoy quiero resistir las mentiras y engaños del enemigo sin vacilar y decirle con firmeza que tú me diste la victoria por la eternidad y nadie me arrebatará de tu mano.

Hoy decido ser feliz porque tú subiste a la cruz para salvarme y eso me alegra y da gozo.

Hoy anhelo que mi esperanza y fe aumenten cada día porque hay un llamado y una promesa eterna que sigo esperando porque creo en ti Señor.

Me niego a ser desanimada(o), confundida(o) y entristecida(o). Hoy soy libre, salva(o) y sana(o) en tu nombre y te bendigo por ello mi Señor y Salvador.

¡Amén!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Y se conmovió la ciudad con su llegada!

De gozo y alegría se llena nuestro corazón el día de hoy porque recordamos que Jesús en total mansedumbre y humildad, se dirigió a Jerusalén para consumar el llamado de Dios por amor a los hombres.

Nuestro salvador no se negó a acudir a la cita que tenía con la hija de Sión y aún conociendo lo que ocurriría siguió firme hasta el final, sin dar marcha atrás ni dudar un instante. Su propósito era agradar y obedecer a Dios a pesar de la carne y la tentación. Jesucristo entró en Jerusalén con ovaciones y alabanza de quienes le esperaban y tendían para él mantos en el suelo y hojas de palma. Hoy, sin ramas ni mantos, ovacionamos al Rey de Reyes y Señor de Señores por su sacrificio en la cruz y padecimiento desde que entró en la gran ciudad por amor a ti y a mí.

Él podía haber entrado escoltado, protegido como un rey o en vez de hacerlo en un pollino podía haber entrado en un carruaje o en un gran caballo, pero en todo lo que Jesús hizo, siempre nos enseñó el significado de la humildad. Él, siendo el salvador de la humanidad, con derecho a todo, no exigió nada, no pidió nada, no esperó nada. Dio, dio y dio. Todo lo dio por amor.

Hoy empieza para nosotros la conmemoración de la semana que vivió Jesús antes de ser crucificado y que nos permite recordar la inmensidad del amor de Dios al entregar a su único hijo para darnos vida y reconciliarnos con él.

Es una semana normal, como las demás, es una semana de 5 días, en la que probablemente tendremos el mismo clima que de costumbre. Nada será diferente, salvo que tú y yo decidamos aprender, seguir y creer esta hermosa historia de salvación que tuvo como protagonista a Jesús de Nazaret y como actores secundarios y público afectado, a la humanidad. El hombre es el ser más privilegiado y bendecido de esta historia. Si escuchamos, leemos, meditamos y entendemos esta verdad, esta semana significará un antes y un después en nuestra vida, porque Jesucristo renunció a sí mismo para salvarnos y acercarnos a Dios. Murió por los hombres para darles Vida Eterna.

Oramos y damos gracias a nuestro Salvador y Señor, Jesucristo.

Gracias por amarnos hasta el fin y darlo todo por nosotros que no lo merecíamos y no lo merecemos.

Gracias por renunciar a ti mismo para ocupar nuestro lugar.

Hoy, recordamos tu entrada a Jerusalén como hito de victoria para el reino de los cielos.

Hoy, celebramos con gozo y alegría tu mansedumbre y humildad con que te hiciste Rey y fuiste alabado y exaltado.

Señor, ayúdanos a aprender de ti y a ser reflejo de tu amor.

Queremos aprender en esta semana de tu amor, que todo lo dio sin esperar nada a cambio.

Queremos aprender a ser humildes, mansos y obedientes.

Queremos renunciar a nuestra carne y al mundo, para seguirte a ti.

Te entregamos nuestro corazón para que seas tú quién viva y reine por siempre en él.

Amén.

Juntos damos voces de júbilo porque ha venido nuestro Rey, Justo, Salvador y Humilde y se conmueve nuestro corazón porque se manifestó el perdón de Dios a los hombres.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Si Dios no edifica, de nada sirve nuestro esfuerzo

Muchas veces, nos preguntamos porqué hay hogares que viven en armonía y prosperidad, y otros, aunque se esfuercen, no consiguen tener paz y tranquilidad en el interior de su familia.

Ya lo dice la palabra del Señor, y esto es lo que viene a decir este afamado versículo citado muchas veces y en muchos lugares, “si Dios no edifica nuestro hogar, de nada sirve que nos esforcemos. Y el trabajo de quienes lo conforman es en vano si no es él quien guarda, vigila y dirige nuestro hogar” ¿Más claro? ¡Imposible!

Vas al culto, cantas alabanzas, oras, ayunas y diezmas pero…¿y tu hogar y tu casa? ¿Quién la dirige?¿Un hombre apartado del Señor, imponente e injusto o un hombre temeroso de Dios? ¿Una mujer sabia y dulce o una mujer temperamental que grita y no controla su carácter? ¿Unos hijos que, suplantando el rol de los padres, dan órdenes con una autoridad que no les corresponde y que les ha sido cedida por descuido y falta de atención? ¿Quién dirige tu casa? No vamos a proponer un hogar perfecto, pero vamos a plantear un hogar dirigido por Dios, un hogar donde el que manda es el Señor, el que dirige, edifica y construye tu familia.

Como esta casa que sobre su techo tiene un corazón de nube, debería de ser nuestro hogar. El hogar de las 5003 personas, que hoy compartimos nuestra fe en este espacio, debería ser edificado, instruido, soportado, levantado por Dios. Es fácil asistir a la iglesia un domingo, más fácil cantar una alabanza que nos gusta, más simple abrir la cartera y dar una ofrenda pero ¿y nuestra familia?

Y ahora reflexionemos:

Si eres varón, piensa si estás cumpliendo el papel y el rol que Dios te dio en tu hogar. Un día, tendrás que dar cuenta de tu familia al Señor. Si encuentras que en algo estás fallando o eres débil, ora al Señor, él hará de ti el hombre que él quiere que seas si le entregas tu vida y tu corazón.

Si eres mujer, valora si es más fuerte el impulso y la emoción que sientes en momentos difíciles, que el autocontrol que Dios te dio para frenar tu lengua y someter tu carácter a la voluntad de Señor. Si es así, a mí me suele pasar, ¡oremos! Sólo él nos puede dar la fortaleza de vencer lo malo haciendo lo bueno. Pidamos al Señor para que haga de nosotras mujeres sabias, prudentes y dignas de ser coronas de nuestros maridos.

Si eres hijo, medita en tu comportamiento. ¿Estás siendo obediente con tus padres o con las personas mayores en general, o te sientes tentado constantemente a desobedecer e imponer tu voluntad? Dios te pidió amar a tus padres y a honrarlos. Respétalos y busca a Dios cada día para que él forme en ti el carácter de un hijo obediente y sujeto a la autoridad.

Es importante que sea Dios quien gobierne, proteja y controle nuestros hogares, será la única forma de que en ellos reine la paz, el amor, el perdón, la misericordia, la comprensión y la tolerancia. En todas las familias hay problemas y errores pero en un hogar que honra, teme, ama y obedece a Dios, reina la paz y la armonía. Que el Señor edifique tu hogar.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

El verdadero Ayuno.

He visto tantas personas ayunar, tantas jornadas de ayuno multitudinario en las iglesias donde me he congregado. Alguna vez, he ayunado y he visto la respuesta del Señor después de orar y abstenerme de la comida, mentiría si no lo reconociera; pero hoy, Dios profundiza más en el verdadero significado del ayuno y nos invita a analizar su palabra en Isaías en las que nos explica lo que para él es el verdadero ayuno.

Podemos ayunar porque estamos afligidos, necesitados, agradecidos y/o arrepentidos. Podemos ayunar porque actualmente los médicos lo recomiendan como un método que beneficia nuestra salud practicarlo una vez a la semana, pero lo más curioso es que no se reconoce que el primero que nos sugirió ayunar fue Dios. Podemos ayunar porque es una actitud de sujeción y súplica al Señor. Como vemos hay muchos motivos y razones para ayunar.

Pero hoy, Dios viene a decirnos con claridad que significa ayunar para él y no es dejar de comer y beber alimentos por un día y sentir que hemos cumplido y obedecido. En su amor e infinita paciencia, Dios nos anima a ver el ayuno como una actitud desinteresada y desprendida de dar y compartir, más que una aflicción y sacrificio físico.

Si ayunas no tiene que enterarse nadie de que ofrendas al Señor un día para renunciar a las cosas que han tenido importancia en tu vida o que te roban tiempo que podrías dedicarle a él o ayudar y servir a otros. Unámonos y juntos ayunemos como quiere y nos pide el Señor.

Ayunemos críticas y juicios.

Ayunemos quejas y derrota.

Ayunemos negatividad y envidia.

Ayunemos vanidad y lujos.

Ayunemos vicios y ocio.

Ayunemos diversión y gastos innecesarios.

Ayunemos egoísmo y altivez.

¡Ayunemos! Abstengámonos de lo que nada nos aporta y mejor renunciemos y desprendámonos de lo superficial, innecesario y efímero y entonces, como dice el Señor de nuestras tinieblas nacerá luz y resplandecerá como sol de mediodía nuestra oscuridad.

Y recordemos siempre que nuestro tesoro no está aquí, que vivimos para servir y vinimos a los pies de Cristo para ser mensajeros de su amor.

¡Bendiciones!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.