¡Él te hizo heredero e hijo de Dios!

Arte y Diseño para Cristo

Un reo o presidiario tiene a cuestas una condena que paga por su delito. Tú y yo estábamos sentenciados a pagar por nuestros delitos y pecados pero el mejor abogado que existe defendió nuestra causa, nos representó y consiguió para nosotros libertad total y la absolución completa de nuestros errores. No nos dieron casa por cárcel sino que recuperamos la libertad para siempre.

La condena que pesaba a nombre nuestro fue borrada y eliminada por el juez ante la defensa de nuestro abogado. Él se presentó, intercedió y asumió nuestra culpa para librarnos del castigo. ¿Somos conscientes de ello? Alguien ocupó nuestro lugar sin que le pidiésemos el favor ni pagásemos un céntimo. Él se entregó voluntariamente! ¿Nos entregaríamos nosotros para ser culpados por el error de otra persona? Un hombre humilde asumió nuestra culpa para ser condenado por ti y por mí a cambio de nada, sólo de nuestra libertad y del cumplimiento del propósito para el que había sido enviado. Jesucristo nació, creció y en su edad adulta se sometió a la voluntad de su padre, nuestro Dios, para que se cumpliese su obra de salvación para la humanidad.

Esta historia la hemos escuchado muchas veces, la hemos leído, la hemos visto en la televisión y en películas. La hemos recordado cada celebración de la santa cena y la memoramos en las alabanzas pero ¿alcanza nuestro corazón a entender la magnitud del amor de nuestro abogado y la misericordia del juez? Porque el juez podía no haber aceptado la auto-inculpación de nuestro abogado intercesor sino habernos sometido al pago de la condena que nos correspondía, pero no, su bondad e infinito amor le llevaron a apiadarse de nosotros y perdonarnos entregando a su único hijo para que hoy fuésemos libres!

Reflexionemos y entendamos:

Para que tú y yo tuviésemos paz en nuestro corazón, él se entregó,

Para que tú y yo fuésemos libres de pecado y justificados delante de Dios,

él ocupó nuestro lugar.

Para que tú y yo fuésemos galardonados con la herencia del Padre, él guardó silencio y permitió que le maltratasen, siendo inocente.

Para que tú y yo recibiéramos el perdón de Dios y fuésemos vistos sin ninguna mancha, él recibió el castigo que merecíamos y subió a la cruz muriendo por nosotros.

Para que tú y yo no estuviéramos ni nos sintiéramos solos, él resucitó para acompañarnos eternamente a través de su espíritu santo.

Y para que tú y yo fuésemos fuertes, él prometió no abandonarnos ningún día hasta que regresase por nosotros.

Por eso hoy nos gloriamos y celebramos con gozo la victoria del señor Jesús ante el pecado, la muerte y el diablo y recordamos su regreso con anhelo, esperanza y gratitud.

¡Que el gozo de la salvación se refleje en ti!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¿Por qué condenamos, si Él jamás lo hizo?

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Cuando vinieron los escribas y fariseos delante de Jesús a presentar a la mujer adultera y acusarla para apedrearla por su pecado, cómo dictaba la ley de Moisés, Jesús les invitó a reflexionar sobre su comportamiento y les hizo una pregunta que perdura hasta nuestros días y que hoy nos corresponde contestar a nosotros. ¿Estamos libres de pecado para lanzar una piedra de castigo y juicio contra otro?

Reflexionemos:

¿Por qué Jesús, siendo Hijo de Dios y con toda autoridad no condenó a esta mujer?

¿Por qué el Señor Jesús tuvo clemencia de una adultera, cuando la ley prohibía el adulterio y consideraba la muerte como pago del pecado?

¿Por qué los escribas fariseos se sentían justos acusándola y presentándola públicamente como una pecadora?

Primero, debemos recordar que estos hombres se consideraban expertos en la ley, pero realmente ¿la cumplían? La respuesta de Jesús no fue la que esperaban y por el contrario sus palabras removieron la conciencia de todos estos hombres, quienes inmediatamente abandonaron el lugar reconociendo claramente que ninguno tenía derecho de lanzar una piedra contra la mujer adultera porque ninguno estaba limpio de pecado. ¡Todos eran pecadores!

¡Cuidado! Porque sin pensarlo, muchas veces actuamos como los fariseos y los escribas, creyéndonos eruditos de la fe y expertos en la palabra porque la leemos y nos sabemos algunos versículos de memoria. ¿Es esto suficiente para ser perfectos y estar libres de pecado? No! porque ninguno de los hombres es perfecto y justo. La Biblia dice lo siguiente:

“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga bien y nunca peque”.

Eclesiastés 7:20

¿Creías que eras bueno?¿Creías que eras justo? Dios dice que ciertamente no existe en la tierra un hombre que haga bien y NUNCA peque. Es decir que ni tú ni yo, somos tan buenos como creemos. Quizás somos menos malos que otros y menos injustos por la misericordia de Dios. Pero tú y yo somos pecadores, por eso Jesús vino, para salvarnos y redimirnos. Sin la sangre de Jesús seguiríamos estando en pecado y apartados de la gracia de Dios, pero por su sacrificio en la cruz hemos sido limpios de toda mancha y justificados por la fe.

Por eso hoy, esta pregunta nos recuerda que ninguno de nosotros tiene derecho de levantar la mano para lanzar piedras contra los demás. Pero no es necesario agredir físicamente a otro; basta con abrir nuestros labios para juzgar o señalar con nuestro corazón el error de otro.

¿Cuántas veces hemos escuchado a hermanos señalando el pecado de otros hermanos?

¿Cuántas veces nosotros mismos hemos levantado el dedo para juzgar y criticar a nuestra familia, a nuestra pareja, a nuestros amigos?

¿Cuántas veces hemos sentido satisfacción porque no somos como los demás, que pecan sin parar?

¿Cuántas veces hemos juzgado a otros con nuestra mirada y la expresión de nuestro rostro?

No seamos escribas ni fariseos. Seamos imitadores de Cristo, que no juzgó ni condenó a la mujer adultera sino que la perdonó.

Detente un momento y reconoce delante de Dios las veces en las que te has comportado como un escriba y has señalado el error de otro, olvidando que no eres perfecto ni justo. Que esta semana tu propósito sea perdonar y amar como Cristo perdonó y amó a la mujer adultera sin condena ni prejuicios.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Nada puede detener la grandeza y poder de Dios

¡No existe! simplemente no existe nada que limite o detenga el poder de Dios. No hay nada que pueda impedir la grandeza, poder y majestad del Señor. Por encima de él no hay nada ni nadie, por encima de él no hay ninguna deidad ni poder que lo superen. Con su sacrificio en la cruz Jesucristo venció a la muerte y nos hizo vencedores por la eternidad. Hoy, tú y yo, gracias a su sangre preciosa somos hijos de Dios, herederos de la promesa y ya no hay cautividad para nosotros ¡Somos libres!

¡Seguimos celebrando la victoria en la cruz de nuestro Rey y Salvador!

Que cada día al despertar y ver el destello de la mañana puedas recordar que él te dio vida nueva y restauró tu corazón. Te dio victoria y libertad.

Él te limpió de toda culpa y ya no hay ninguna condena que te separé del amor de Dios.

¡En él hemos recibido redención, salvación, perdón, sanidad, vida eterna y esperanzas!

¡Disfruta cada día este hermoso regalo que no tiene precio!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

¡Él nació y vino para ser testimonio de la verdad!

…Y también para darnos vida por la eternidad. Él conocía el propósito de su existencia y no se aferró a nada terrenal para actuar con obediencia y someterse a Dios por amor a los hombres.

Es muy fuerte escribir esto. Escribir que hubo alguien que me amó sin conocerme y que dio su vida por mí sin pensarlo, que no dudó un instante y con su obediencia me enseñó que su misericordia no tiene comparación. Hoy mi corazón confiesa que cree en esta verdad y mi espíritu declara que escucho su voz  y quiero seguir sus pasos cada día de mi vida. ¿Y tú? ¿Te animas a compartir el motivo de tu fe y la paz que hay en tu corazón porque su sacrificio te dio una victoria inmerecida por la eternidad?

Gracias Jesús por negarte a ti mismo para que yo viviera.

Gracias Jesús por sufrir siendo inocente para que yo fuera libre.

Gracias Jesús por soportar el peso de mi culpa para darme salvación.

¡Te Amo Señor y hoy exalto tu nombre esperando tu reinado por la eternidad!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

Él llegó para cambiar nuestras tinieblas en luz ¡Hosanna!

Y llegó Jesús como pocos esperaban, llegó a las puerta de Jerusalén sentado en un pollino. Era el Hijo de Dios que se presentaba delante de la gran ciudad para rescatar a los moradores de la tierra. Él llegó hasta allí para convertir nuestras tinieblas en luz y desde entonces nuestra vida cambió. Hay una esperanza para el hombre, hay una nueva oportunidad. Dios extendió su misericordia de una forma permanente para reconciliarnos con él y quitar de nuestro corazón la culpa y la condenación.

Gracias a la valentía de Jesús que dio cada paso sin detenerse ni volver atrás, tú y yo somos considerados hoy hijos de Dios. Gracias a su carácter firme y obediente ya no hay cautividad ni oscuridad en nuestras vidas, fuimos rescatados ¡Él nos salvó! Y me encanta pensar esto porque los hombres en el afán de ser redimidos hemos inventado cientos de héroes maravillosos que siempre llegan a tiempo para rescatar a los afligidos, héroes que ponen en riesgo sus vidas para salvar a quien está en peligro, pero Jesús no se arriesgó, Jesús murió, como no ha hecho ningún otro héroe. Jesús renunció a su propia vida para darnos vida, vida abundante y eterna.

Es el momento de volver a meditar en los pasos que dio Jesús siendo consciente de que se acercaba su muerte, una muerte injusta e inmerecida para justificarnos delante de Dios y hacernos aceptos. Él no dudó ni un instante que no merecía la pena morir por ti y por mí, él no dudó un instante que era el mandato de Dios, él no pensó ni un instante en retractarse y cambiar de destino. Habría podido ir a otra ciudad antes que a Jerusalén y evitar su detención y las vejaciones a las que le sometieron, pero no lo hizo. Fue manso y humilde hasta su muerte. Guardó silencio y enseñó hasta el fin. Dio lo mejor de si en cada momento para que tú y yo viviésemos alegres, libres, vencedores y en paz el resto de nuestras vidas. Lo mínimo es decir: ¡GRACIAS Señor!

Digamos juntos al Señor Jesús:

Hoy quiero dejar de quejarme y lamentar mi situación, que nunca será peor a lo que tú viviste por mí.

Hoy quiero resistir las mentiras y engaños del enemigo sin vacilar y decirle con firmeza que tú me diste la victoria por la eternidad y nadie me arrebatará de tu mano.

Hoy decido ser feliz porque tú subiste a la cruz para salvarme y eso me alegra y da gozo.

Hoy anhelo que mi esperanza y fe aumenten cada día porque hay un llamado y una promesa eterna que sigo esperando porque creo en ti Señor.

Me niego a ser desanimada(o), confundida(o) y entristecida(o). Hoy soy libre, salva(o) y sana(o) en tu nombre y te bendigo por ello mi Señor y Salvador.

¡Amén!

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,

Laura Sánchez.

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No quedó ninguna deuda pendiente.

No quedó ninguna deuda pendiente.

¿Tienes deudas? ¿Le debes algo a alguien? ¿Conoces esa angustia y preocupación que se siente cuando llegan los recibos del banco y no hay suficiente dinero para pagar?

Imaginemos que hay una deuda tan grande que no es posible pagarla. ¿Qué hacemos?
Así era la deuda que tú y yo teníamos con Dios, fallamos y el pecado nos separó y apartó de su gracia y favor, pero en su infinita gracia, ya sabes lo que hizo por amor. Entregó a su hijo y la deuda se saldó.

Ya no hay deudas pendientes, todo quedó al corriente, y gracias a la sangre de Jesús y al sacrificio en la cruz nosotros hemos sido justificados delante de Dios. Él murió para pagar esa deuda impagable que mencionaba antes.

Además de hermoso, esto es realmente fascinante, porque hoy, aunque sigamos fallando y cometiendo errores, cosa que Dios conoce y ve, no hay facturas pendientes, no hay condenación para los que caminamos con él, hemos creído y aceptado su salvación.

Celebremos que le pertenecemos a Cristo y que nada nos apartará de su amor.
Gocémonos en esta verdad verdadera. Somos suyos y ya no hay condenación para nosotros porque él nos redimió y salvó para siempre en la cruz. Dios no nos salvó y perdonó en Jesús, sólo por unos minutos, días, algunos meses o años. Él nos perdonó una vez y para siempre.

Disfruta el gran privilegio de ser hijo de Dios y de tener al día tus deudas por su gracia e infinita misericordia. No olvides que no quedó ninguna deuda pendiente.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes,
Laura Sánchez.

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Condenar a otros, será tu condena.

Condenar a otros será tu condena

Muy duro pero cierto. El Señor nos reprende y corrige, nos instruye y advierte porque nos ama y hoy nos recuerda el peligro que hay en el juzgar a otros; pues con esta actitud se arrastra una autocondena, porque quien juzga hace lo mismo.

Son palabras duras pero muy claras y para dejar aun más claro el peligro que se corre al juzgar a los demás, el primer renglón de este versículo dice, a quien tal hace, que su comportamiento es INEXCUSABLE. Esto quiere decir que no hay excusa para el que actúa de esta manera. Es un comportamiento inadmisible, indisculpable, injustificable, imperdonable. Estas palabras son sinónimos de Inexcusable y al leerlas comprendemos la magnitud de este pecado delante de Dios. Es algo que abomina el Señor, entonces ¿por qué lo hacemos?

La Biblia que es su palabra y su voz, nos dice que es una actitud, un pecado “inexcusable” pero si reemplazamos esta palabra por un sinónimo como “imperdonable”, el significado adquiere un tono más severo y casi que incoherente con el amor de Dios. Él nos perdonó de toda culpa y condenación en Jesucristo. Él nos limpió de toda mancha y borró nuestras faltas. Él nos ama, sí, pero él es justo y en su infinita justicia quiere que seamos rectos, santos, limpios. Eso quiere decir que así como nos ama también nos corrige.

En su justicia y amor él no puede tolerar que hablemos mal de los demás, que señalemos con nuestro dedo lo que otros hacen que nos parece reprobable sin meditar en nuestro comportamiento, quizá igual o peor. Dios quiere corregirnos y cambiarnos. Jesús también lo dijo, lo encontramos en Mateo 7:3.

¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano,
y no miras la viga que está en tu propio ojo?

A Dios le agrada que ayudemos a los demás, que nos amemos unos a otros, que nos hagamos bien mutuamente y una forma de hacerlo es no opinar injustamente respecto a otro, no añadir nuestro punto de vista frente al comportamiento de los demás. Hoy es la oportunidad de meditar en nuestras actitudes y discernir cada pensamiento y palabra, antes de hablar de otros.

¿Condenamos y nos autocondenamos? No lo hagamos más.
Arrepintámonos y meditemos nuestras palabras antes de hablar.

No sirve de nada ir a la Iglesia y alabar a Dios pero seguir señalando y juzgando a los demás.
No sigamos actuando de la manera que ofende y entristece al Señor. Esforcémonos en amar y en vez de criticar, señalar y juzgar el comportamiento o personalidad de otros, oremos por ellos, amémosles y seremos libres de condena porque el amor, cubrirá multitud de pecados.

Trabajando y sirviendo al mejor de los jefes.
Laura Sánchez.